Esta carta es un copia y pega de un articulo publicado aqui, pero es tan intensa que he decidido copiarla integra.
A Rafael Pérez Cantó lo fusilaron en el cementerio de Alicante el 3 de octubre de 1940. Tenía 24 años, cultivados de amor hacia sus padres, amigos por todo el pueblo y siendo un trabajador ejemplar. Su acta de defunción no dice mucho: solamente que murió por orden del Juzgado Militar nº 1. Sin un cómo ni un porqué. Su madre se enteró de la muerte de su único hijo cuando al día siguiente fue a llevarle, como todas las semanas de un año de calvario y terror, comida y consuelo. Lo reconoció por uno de los jerséis de lana que con tanto amor le había hecho sin pensar que iba a ser su mortaja. Diez años después, Aurora, aquella madre, pudo enterrarlo en el cementerio de Novelda. Diez años suplicando el traslado de una fosa común, diez años después otra vez el jersey; gracias a él sabía que ese esqueleto era su hijo, su amado y único hijo Rafael.
Manuel Valero Alberola corrió la misma suerte. El 2 de enero de 1938, bajo una fuerte nevada, Manolito, gran deportista y aficionado a la fotografía, se encontraba en el frente de Teruel y fue malherido en una pierna. Operado, con la pierna amputada, aún mantenía fuerzas para regresar a casa con los suyos. Las emocionantes cartas que escribió en el frente así lo atestiguan. Pero el día 14 de es
e mismo mes, la aviación nacional bombardeó un tren sanitario en la estación de Rubielos de Mora y allí murió Manuel. Terminada la guerra, Encarnación, su madre, comprueba desesperada, día tras día, que su hijo no se encuentra entre los jóvenes que van regresando al pueblo. Al no saber leer, una vecina la ayuda a buscar, en vano, el nombre de su hijo en las listas oficiales. Finalmente, en 1941, llegó la baja de defunción al Ayuntamiento, pero la familia todavía desconoce dónde fue enterrado.
Sus historias, junto a la de otros dos chicos noveldenses, pudieron leerse en la revista de fiestas "Betania" del año 2006 (www.betania2006.com). Esas madres, Aurora y Encarnación, y sus hijos desaparecidos, simbolizan las decenas de miles de madres de la Guerra Civil que sufrieron el dolor de perder a sus hijos en una guerra fraticida. Su angustia no conoce de pueblos, lugares o fronteras, y ha de ser reconocida de una vez, honrada, aceptada y respetada. La humillación que tuvieron que sufrir durante esos años es muy difícil expresarla con palabras.
Aquellas madres, religiosas y creyentes, iban a misa a diario para comprobar, desalentadas, que en la cruz de la fachada de la iglesia no aparecía, entre los nombres de los caídos por España, el de sus hijos. La mayoría de esas mujeres vivieron con la pena de no saber dónde se encontraban los cuerpos de sus hijos, de sus hermanos o de sus padres y, lo que es peor, vivían con la indiferencia, el olvido y el desprecio de la mayoría de sus paisanos. El bando republicano merece ese reconocimiento. Es la deuda histórica que tiene este país con aquellos que también murieron por España, pero no por la España que ganó, sino por la que estuvo perdiendo durante cuarenta años. Esos cuarenta años sirvieron, entre otras cosas, de reconocimiento y homenaje para el bando nacional, homenajes merecidos, ya que los crímenes fueron igual de brutales. Años más tarde, durante la Transición, se decidió no tocar el tema, quizá por el miedo de todos a que volviera la guerra. Más años de paciencia, de olvido, de silencio. Por ello, ahora es el momento de rendirle cuentas al pasado, cerrar la herida y como las historias de Rafael y Manolito, ponerles nombres y apellidos a los restos que aún siguen en las cunetas, que todavía esperan, en las fosas comunes de los cementerios, una familia que los entierre dignamente. Esa es la manera, como dice Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea, de "reparar una injusticia histórica".
El Partido Popular, que inicia ahora con un valiente Mariano Rajoy a la cabeza un nuevo camino rompiendo las ataduras con un PP más anclado en el pasado, tiene la oportunidad inmejorable de demostrar con hechos que ya no tiene nada que ver con la derecha española de la Dictadura, de demostrar que es un partido liberal, de centro conservador, pero sin querer conservar en el olvido lo que pasó en aquellos desgraciados años. Nadie quiere reabrir heridas, nadie desea desenterrar el hacha de guerra.
Y si en algún momento la iniciativa del juez Garzón derivara a esto, sería un grave error y una gran equivocación. Lo único que pretenden las familias de los desaparecidos y muertos del bando republicano es poder quitarse el luto eterno de sus corazones, poder recibir el consuelo que nunca tuvieron. Tener, por fin, pena de duelo y no la tristeza amarga del abandono y del olvido.
Hoy en día, la cruz con los caídos por Dios y por España perdura en algunas iglesias como triste señal de lo que nunca tuvo que ocurrir. En Novelda la quitaron de la parroquia en los años 80. Sin embargo, no es suficiente para una reconciliación verdadera, ya que el olvido, el pasar página, como dice Paul Preston, no es la reconciliación. Hace falta un homenaje a todas las víctimas de nuestra Guerra Civil, a todas, sin distinciones, ni bandos, ni excusas. Sin debates huecos ni nuevas venganzas. Sólo así conseguiremos que en nuestro país muera el rencor y el triste invento de las "dos Españas".
No hubo dos Españas. Únicamente había una, disparándose a sí misma balas cargadas de vacío. Por su parte, la Iglesia católica española debe también hacer un ejercicio de autocrítica para no perder el tren del futuro. Es verdad que, dentro de toda esa barbarie atroz que supuso la guerra, se quemaron iglesias y se asesinaron sacerdotes y párrocos, pero eso no justifica de ningún modo lo que ocurrió después: obispos que, tras dar la bendición, se quedaban con la palma hacia abajo, brazo derecho en alto, bajo un palio de camisas azules, águilas, cabezas engominadas y el brillo metálico de las pistolas, todos con el orgullo indeleble de quien sabe que no había llegado la paz, sino la victoria. Y entre aquellos feligreses, Aurora y Encarnación, las madres de Rafael y Manolito, y las miles y miles de madres en toda España que no podían hablar, que no podían confesar su dolor, que murieron con esa desgarradora tristeza en la garganta que les impedía gritar, que se ahogaban en las lágrimas que destilaba sin parar su enorme soledad.
La Iglesia debe reconocerlo con valentía, entregando toda la información que disponga y admitiendo sus errores, para que al fin, aunque hayan transcurrido más de setenta años, aquellas madres que perdieron sus hijos en una guerra absurda sepan, desde su cielo provisional, dónde está el cielo republicano.
Jesús Navarro Alberola es empresario.