El exiliado vive siempre escindido: de los suyos, de su tierra, de su pasado. Son personas de una contradicción permanente, entre una aspiración a volver y la imposibilidad de realizarla. El desterrado no tiene tierra. Está en una permanente solitud. Cortadas sus raíces, no puede arraigarse aquí. Prendado del pasado, arrastrado por el futuro, no vive el presente, de ahí su idealización de lo perdido, la nostalgia con que envuelve todo en una nueva luz. (Sán
chez Vázquez, 1989).
La decisión del entonces presidente Lázaro Cárdenas del Río de acoger en 1939 a los
republicanos españoles propició la reacción de los antiguos residentes ibéricos y de las fuerzas conservadoras del país. Los antiguos residentes perciben la llegada de sus compatriot
as como una amenaza a sus intereses. Para ellos se trata de violentos anarquistas o intelectuales peligrosos, opositores al régimen de El Generalísimo, a quien alaban por haber logrado establecer el orden en España.
Una escasa minoría de antiguos residentes ayuda a los republicanos en México, pero por regla general los dos grupos permanecen ideológicamente separados hasta la caída del franquismo. Ninguno desea la interacción, aunque ocasionalmente tienen contactos en los clubes recreativos, en los hospitales, en los enlaces conyugales y en algunos negocios. Por su parte, el exiliado ridiculiza la “España de la pandereta” que reproduce en México el antiguo residente y desprecia su ambición por “hacer la América” y serle fiel al clero y al dictador (Kenny, 1979).
La anécdota cuenta que, en la ciudad de Puebla, a la llegada aprobada de los inmigrantes republicanos, el gobernador del estado reunió en el Círculo Social Español a los residentes de la península ibérica para que acogieran a algunos y les proporcionaran casa y sustento, mientras encontraban la forma de valerse por sí mismos, a lo que muchos de los asistentes se opusieron por representar a la República vencida y supuestamente al libertinaje y al anticlericalismo. El gobernador Maximino Ávila Camacho, originario de la Sierra Norte de Puebla, de extracción revolucionaria, les contestó: “Estoy de acuerdo, pero en el mismo barco en que llegan los exiliados, ustedes se regresan a España a servir y a apoyar a Franco”. Ante esa respuesta, a los españoles residentes no les quedó más remedio que aceptar la solicitud del gobernador poblano, pero quedaba demostrado que los inmigrantes iban a tener que sortear problemas de diversa índole.
“Pese a la poca comida y al frío que pasamos en Montpellier y el recuerdo de las manchas de sangre que dejaba su madre a causa de los sabañones, guarda muy buen recuerdo de esa etapa de su vida; había esperanza de que los aliados ganaran la guerra, como sucedió, y de que pronto regresarían a España, lo que no aconteció”.
A diferencia de los extranjeros europeos o estadounidenses, los españoles que llegan
a México a partir de 1937 asumen una conducta distinta. Vienen involuntariamente, traídos como por un golpe de fortuna. En el México cardenista encuentran las formas democráticas por las que han luchado. Sienten respeto por las instituciones mexicanas y están agradecidos con el país, ya que fue el único en el mundo que les brindó un asilo casi incondicional. En estas circunstancias les son inadmisibles alardes de superioridad o de pretensión de distingos, de privilegios o discriminación racial, aunque con el tiempo manifestaciones de este tipo broten en algunos de ellos, sobre todo entre quienes carecen de preparación intelectual o política.
No son pocos los que en España promueven la tendencia de olvidar ese sombrío capítulo de la vida española, aunque no se justifica que se olviden las causas de la guerra. Tampoco se justifica la tendencia a confundir los colores, las voces y los pasos al presentar la guerra, más bien “incivil”, como la calificó Unamuno apenas se desató, como una guerra fratricida. Con ello se pretende ocultar que la sangrienta Guerra Civil le fue impuesta al pueblo español por el fascismo nacional y extranjero, y que, al resistir la agresión en las condiciones más desventajosas, no hacía más que cumplir con lo que la dignidad exigía.
Nadie se podría complacer en el recuerdo de esta guerra, pero esto tampoco justifica su olvido. Sin embargo, no cabe ignorar la tendencia a sepultar la Guerra Civil en el olvido, así como lo que innegablemente fue una dolorosa consecuencia: el exilio de los republicanos españoles.

